3.11.08

Los orígenes del boxeo. Prehistoria (II)

En el capítulo anterior Gunther consulta con el doctor Von Wintersonnende acerca de diversas teorías sobre el origen del boxeo. Por sorpresa el profesor le asesta un certero y potente bofetón que acaba con nuestro héroe en el suelo. Desconcertado, el buen Gunther se entrevista con el profesor y con su elegancia habitual responde a un comentario del profesor con agilidad, ironía, ingenio, elegancia y una copita de oporto que siempre lleva para esas ocasiones. ¿Cómo terminará la entrevista de Gunther con el profesor? ¿Conseguirá terminar el encuentro sin recibir más bofetadas? ¿Esconde el Dr cosas dentro de su barba tal y como todos sospechamos que hacen los hombres barbudos? La respuesta a estas preguntas y más en el siguiente capítulo de...

SOBRE LA IDEA DE UN PÁRPADO FLUORESCENTE

-Su oscuridad, me temo, está más que clara, mi buen Dr. -dije yo levantando mi copa de oporto para subrayar la irónica elegancia de mi comentario (siempre llevo una copita de oporto en el bolsillo para estos casos).
-Eso me temo, amigo Gunther -respondio el Dr. haciendo emerger de sus labios una sonrisa y de su frondosa barba un vaso mediado de bacanora.- Y, sin embargo -continuó- creo poder aclararle la raíz de mis actos.
El Dr. se reclinó hacia atrás mirando al trasluz el contenido de su vaso, como si quisiera leer en él el misterio de su propio comportamiento.
-La clave, amigo Gunther -continuó en un tono ensimismado, como si realmente yo no estuviese allí más que como recurso retórico- está, como siempre en la esfera. Piense usted en ello.
La esfera ha sido, desde siempre, considerada como la más perfecta figura geométrica. Su perfección es tal que muchos pueblos primitivos han llegado a estimarla hasta niveles divinos. Le pondré un ejemplo. Los kelousos, una antigua civilización de geómetras que habitaba la isla polinesia de Kelousa, tenían la esfera en la cúspide de su sistema teológico. Es más, en el idioma kelouso no existe el término "cúspide" y lo más parecido que tienen para hacer referencia a algo semejante es la palabra "kaleusion" que significa "lo que está en la parte más alta de una esfera que sea realmente grande". Además de esto los kelousos habían nombrado teniente de alcalde a un paralepípedo y se recibía a los fabricantes de cartabones extranjeros con honores de jefe de estado. Cierto es que los kelousos, aparte de brillantes geómetras, eran un pueblo bastante hostil -hasta el punto de que llegaron a declarar la guerra de forma oficial a todas las naciones del mundo en el año 1949- por ello los honores de jefe de estado consistían fundamentalmente en retorcidas prácticas de empalamiento y una extraña técnica de trepanación que consistía en, usando como intermediario al mandatario en cuestión, golpear una palanca para elevar un peso sobre railes verticales hasta alcanzar una campana colocada al final de los mismos. Esta ceremonia, además de ser el protocolo oficial de recepción, se usaba para otorgar el título de Kelouso más fuerte del mundo.
Pero me temo que estoy divagando. La pregunta es ¿por qué esta fascinación por la esfera? Sin duda usted, querido Gunther, sabría responderme, pero déjeme hacerlo a mí en su lugar. La esfera ha maravillado desde siempre al hombre por la singular armonía de su forma, la equidistancia de todas sus partes al centro se interpreta, diría que universalmente, como la cara más amable de Dios, aquella que comunica con la mente de los hombres por el canal de la razón y no esa otra que parece estar diciendo "¿a eso le llamas tú un holocausto?". La regularidad es cálida al hombre que es un animal de costumbres. Yo, por ejemplo, tengo la costumbre de tomarme las tostadas con mermelada poniendo la mermelada boca abajo, lo cual, como usted entenderá, es una verdadera animalada. ¿Acaso cree que no gotea? Por supuesto que sí, amigo Gunther, gotea, y mancha. Mancha mucho, además, y me deja unos terribles lamparones a la altura de la bragueta que resultan de lo más escandalosos. Entonces ¿por qué persisto en mi actitud? Por la fascinación de la costumbre, por supuesto. El equilibrio hipnótico de la esfera, de la regularidad. El gesto amable de la rutina.
Dicho esto, creo que ya he respondido a su pregunta. Tal vez no se haya percatado todavía, pero, de algún modo, ya lo he hecho. ¿Por qué mi sopapo traidor del club de caballeros? Pues porque, de repente, observé que entre su rostro y mi mano existía una distancia ideal. La separación justa para poder convertir mi brazo en un radio absolutamente recto y dibujar en el aire un movimiento circular perfecto. Comprenda, amigo Gunther, que soy humano. Que la fascinación de la esfera opera sobre mí como sobre cualquier hombre y que no es sencillo escapar a la tentación de unir en un sólo gesto la brutalidad de la violencia con la razón perfecta de la figura divina. ¿Quién podría haber evitado la tentación del golpe si, además, con ello ayudaba a explicarle a usted mi idea de que en el hombre hay un instinto permanente de liarse a mamporros?
Reconozco que las razones del doctor me resultaron, en principio, extrañas. Y, sin embargo, había algo de innegable en su razonamiento. Sus principios sobre geometría y razón parecían incontestables. Sin embargo, había algo que el profesor había olvidado y que no le recordé en ese momento. El profesor había olvidado señalar que otro de los fascinantes aspectos de la esfera es que, independientemente de en qué dirección se mueva, siempre se llega al mismo lugar. La esfera es la imagen del eterno retorno, que nos recuerda que todo ha de repetirse, que todo vuelve a suceder y que todo aquello que toma una dirección volverá por la opuesta en algún momento. No se lo recordé al Dr en aquel momento, sino un tiempo después, cuando me pidió explicaciones acerca de por qué me había despedido aquel día golpeándole violéntamente en la cabeza con un enorme estudio sobre Malevitch.

26.10.08

Los orígenes del boxeo. Prehistoria


Es mucho lo que desconocemos acerca de los orígenes del boxeo. Las más antiguas representaciones de hombres entregados a la lucha con los puños pertenecen a civilizaciones hoy desconocidas. En Etiopía o Albacete encontramos representaciones de entre cinco y diez mil años de antigüedad de individuos entregados a algo semejante al pugilato. Algunos autores afirman que, en realidad, la mayoría de estas imágenes harían alusión a antiquísimas prácticas festivas en las que se alimentaba a otro hombre, probablemente un sacerdote, con diminutas raciones de harina de trigo horneadas con agua a las que se añadirían pequeñas raciones de hierba de propiedades alucinógenas. Otros defienden que el origen del boxeo estaría precisamente en estas celebraciones, puesto que no sería raro que durante el transcurso de estas celebraciones, los participantes, al tener sus facultades motoras y sensoriales notablemente embotadas por las hierbas, realizasen la alimentación ceremonial con la suficiente torpeza como para transformar la entrega del alimento en sopapos de apreciable intensidad. Entre estos autores, hay algunos partidarios de la idea de que esta práctica ceremonial habría pasado al mundo judaico y que, en la península ibérica, el recuerdo lejano e inconsciente de antiguas prácticas al reencontrase con su fuente original en cierto ritual de origen semítico, habrían originado el doble sentido de la palabra "hostia". Otros, más arriesgados todavía, consideran que hay una prueba clara de esta teoría en la expresión castellana "hostias como panes", que aludiría, según ellos inequívocamente, a este extraño ritual.

No hace mucho discutía yo estas interesantes teorías con el Dr Von Wintersonnenwende. Un antiguo catedrático de antropología, hoy ya retirado, pero que mantiene intacta su lucidez intelectual. El Dr Von Wintersonnenwende posee una pequeña casita, no muy lejos de mi propiedad, donde dedica su tiempo a leer, redactar sus memorias, cuidar de un pequeño jardín y diseñar trajes de hombre-bala, pequeña excentricidad esta a la que su retiro le permite entregarse, aunque las malas lenguas insisten en que esta afición ejerció cierto efecto catalizador cuando hubo que acelerar los trámites de su jubilación. El Dr Wintersonnenwende, por alguna razón, no trabaja en sus diseños durante la primavera, así que dedica este tiempo sobrante al club de caballeros donde mantenemos sabrosas discusiones. Pese a la distinción de su aspecto, que no carece de una generosa barriga y una larga y respetable barba, muchos socios eluden su compañía, a causa de cierta manía suya -lo reconozco, un tanto irritante- consistente en gritar "hombre al agua" cada vez que alguien vacía su copa.

No hace mucho, decía, discutía yo con el Dr. Von Wintersonnenwende las teorías acerca del origen del pugilato. En opinión del Dr. había que distinguir entre el boxeo como deporte o ritual del instinto, inherente a la propia naturaleza del hombre, de enzarzarse a bofetadas. Esta idea del instinto me intrigó sobremanera, así que pregunté al Dr. si existía algún trabajo de interés en el que se explayase sobre esta idea. Von Wintersonnenwende se reclinó hacia atrás haciendo memoria. Reparé entonces en que, con su copa en la mano y ese gesto suyo tan característico de hundir los dedos en su abundante barba, el Dr ofrecía la vívida imagen de un modelo de intelectualidad por desgracia ya olvidado. A continuación se inclinó hacia mí y, en tono confidencial me susurró:
-Sólo se me ocurre una cosa.
Ni siquiera podría describir muy bien lo que sucedió a continuación. Sin darme tiempo a reaccionar, y con una agilidad impropia de su edad, el buen Dr. me soltó una velocísima bofetada que sonó igual que golpe de una pala sobre una manta húmeda. Mientras yo caía de mi asiento el Dr. saltó sobre el suyo y abandonó el club de caballeros brincando de un sofá a otro hasta la puerta de salida. Resultaba muy extraña la imagen de aquel caballero de aspecto decimonónico botando sobre los asientos entre sonoras carcajadas que sólo interrumpía para señalar con el dedo alguna que otra copa vacía y gritar, como era su costumbre "Hombre al agua. ¡¡Hombre al agua!!".

Por supuesto, la actitud del Dr. me resultó desconcertante. Reconozco incluso que me molestó, en cierta manera. Decidí dejar pasar una semana para evitar que mi mal humor tomase la palabra, pero, pasada esa semana, encontré casualmente al Dr. en el salón de su casa y me decidí a hablarle. El Dr. me escuchó con atención, mientras le explicaba las razones de mi perplejidad.Luego permaneció en caviloso silencio durante unos segundos durante los cuales en ningún momento bajé la guardia, pues no se me escapaba la posibilidad de que el Dr. intentase justificar su actitud con una segunda bofetada. Finalmente habló:
-Mi querido amigo Gunther. Creame que siento profundamente constatar su reacción. No le culpo, sin embargo. Lo más probable es que haya sido yo quien, por querer sintetizar mi postura en demasía, haya obrado con más oscuridad de la conveniente.
-Su oscuridad, me temo, está más que clara, mi buen Dr. -dije yo levantando mi copa de oporto para subrayar la irónica elegancia de mi comentario (siempre llevo una copita de oporto en el bolsillo para estos casos).


continuará...

16.10.08

El boxeo según Gunther


Tal vez mis seguidores no lo sospechen, pero yo, Gunther, soy un gran aficionado al boxeo. El mundo pugilístico me fascina, probablemente por lo que tiene de atávica la lucha entre dos varones empeñados en demostrar su fuerza y destreza de acuerdo con las normas fijadas por el Marqués de Queensberry. Para quien lo desconozca, o lo haya olvidado, el marqués de Queensberry es uno de los grandes hombres de finales del siglo pasado. No sólo le debemos el boxeo moderno gracias a la generosa promoción que hizo de las normas redactadas por John Graham Chambers, sino que también detuvo en seco la carrera de Oscar Wilde que, la verdad, ya se estaba poniendo un poco pesado.
Mi primera experiencia con el mundo pugilístico tuvo lugar cuando sólo contaba con cinco años. Por desgracia no resultó todo lo elegante y caballeresca que cabría desear pues, aunque ya por entonces conocía yo al dedillo el código del marqués, no conseguí convencer a mi señora madre de que su combinación de puntapies en la boca del estómago (extraordinariamente ejecutada, por otra parte) contravenía las más esenciales normas de este deporte. En el fondo debo agradecer a esta entrañable anécdota mi posterior y brillantísima trayectoria intelectual, pues de haber tenido unos padres más estrictos en los usos pugilísticos tal vez habría dejado discurrir mi vida por los senderos de este deporte que tanto me apasiona.
No hablo en balde, sino con el conocimiento de un caso que me toca muy de cerca: el de mi amigo Gerald Bum, cuyos padres jamás discutían sin la presencia de un árbitro, un doctor, sendos masajistas, un jurado completo y varios periodistas acreditados. Gerald, que durante algunos años fue mi más querido amigo y el único de los jóvenes cohetáneos que frecuentaban mi clase al que tenía por verdadero compañero intelectual, acabó tan fascinado por el mundo del boxeo que se dedicó a él por completo. Llegó a lo más alto gracias al ejemplo de sus padres y la ayuda de "Alzacuellos" Lewis que alcanzó un record mundial al propulsar uno de los incisivos del bueno de Gerald hasta la altura del techo del Palacio de los deportes de Berlín, donde todavía permanece. Dice la leyenda que si uno de los contendientes logra ver el incisivo en el curso del combate tiene la victoria asegurada. Por desgracia algunos supersticiosos han puesto demasiado empeño en alcanzar a ver el famoso incisivo, lo cual, con cierta frecuencia, les ha llevado a perder los suyos propios.
Mi amor por el boxeo no me ha llevado a practicarlo con asiduidad, aunque durante un año de mi vida entrené muy seriamente en un gimnasio regentado por el mítico "Tiburón" Heldellgarst, que según cuentan, era tan duro que los imanes de las neveras se estremecían a su paso. Sin embargo, y a pesar de mi empeño, no llegué a combatir, puesto que fui noqueado cuatro veces consecutivas por mi propia sombra. Perdí un quinto combate a los puntos antes de abandonar definitivamente. Comprendí que mi lugar no estaba en el ring, sino en la grada y en la biblioteca, donde he ido escribiendo una breve historia del boxeo desde sus orígenes prehistóricos hasta la actualidad de la que pretendo dejar aquí constancia con algunos estractos que publicaré en las próximas semanas. Reconozco que soy más útil a este deporte en el campo de las letras que en el de las armas aunque, de vez en cuando, aún siento añoranza. Entonces me siento a ver un buen combate o distraigo la nostalgia golpeando en el cuello a hombres bajitos en por la espalda. Es bueno -porque nos recuerda que podemos ser felices- encontrar placer en estas pequeñas cosas.

6.10.08

El retorno del hombre con nombre


Vuelve Vila-Matas a las liberías. Dietario voluble,se titula su último libro y el pobre Vila-Matas que con él se ha metido en un aprieto considerable, porque, claro, el hombre se ha dedicado en los últimos años a la desaparición del autor y al autor que desaparece y a la literatura como un inmenso lago en el que el autor (que es en primer lugar lector y después autor y empatado o empanado en algún lugar entre los dos términos es también amigo, viajante, amante, votante, lugareño, cosmopolita y renegado) el autor, decía, se vuelve pez y se hunde a sí mismo en ese lago, que uno aspira además a que sea un lago de tinta simpática, como la que menciona don Vila-Matas en su libro (aunque él la usa para escribir, claro) para poder así desaparecer discretamente. Pues bien, después de escribir sobre todo esto por activa y por pasiva en sus tres últimos libros que son los que, según dicen por ahí, le han dado el impulso definitivo para situarlo en la fila más destacada, en la pole position de la literatura europea y universal, va el hombre y se saca un libro que es un diario, o poco menos que un diario.
El libro es en cualquier caso, una afirmación de la propia personalidad, creo que esto está claro, quiera o no quiera reconocerlo el señor Vila-Matas. Anticipo que el hombre no debe estar muy por la labor y eso explicaría que la portada del libro sea una foto del propio Vila-Matas de espaldas, con la mano colándose bajo el cinturón, en un gesto que puede ser, o bien de meterse la camisa correctamente para la foto o bien de fingir una pistola invisible con los dedos. El primer supuesto es complicado, en cuanto que si uno se saca una foto por la espalda normalmente tampoco se para demasiado en atusarse. La segunda opción gana enteros además porque la foto de la solapa muestra a Vila-Matas de perfil, con gafas de sol y el cuello de la gabardina alto, muy alto, altísimo, casi a la altura de las orejas o quizá incluso cubriéndole las orejas y a él enteramente en una pose evidente de detective privado o de agente secreto que, como todo el mundo sabe, son dos de los colectivos más dados a eso de llevar una pistola en la parte de atrás del cinturón. Quedan también los narcotraficantes, claro, pero yo creo que la cosa no va tanto por ahí. Si tuviese que quedarme con alguna opción yo diría que lo que Vila ha querido hacer es replicar a un agente secreto, porque es, de todas las mencionadas, la profesión que mejor se adapta a esa preocupación suya por desaparecer. Los agentes secretos, esto Vila-Matas lo debe saber perfectamente, son los mejores y mayores profesionales de la desaparición, sólo superados quizás por las ayudantes de los ilusionistas y como Vila-Matas, no tiene pinta de ayudante de ilusionista la del detective sigue pareciéndome la mejor opción posible, pero, por mucho que el señor Vila-Matas se haya esforzado para fingirse un profesional de la desaparición en la fotografía de portada y en la correspondiente a la solapa interior izquierda, no sé cómo va a evitar que la gente le reproche el haber abandonado la senda de la desaparición para plantarse con un libro que es poco menos que un diario (aunque, no se escandalicen, no hay confesiones espinosas ni alardes de virtuosismo sexual a lo Sanchez Dragó). Un libro en el que además hace comentarios políticos (ahora sí, escandalícense ustedes a gusto)y opina sobre su ciudad de Barcelona. No sé cómo va a conseguir el señor Vila-Matas evitar que le ocurra lo mismo que le ocurrió la única vez que yo lo vi personalmente, en una conferencia en Madrid, cuando un señor -bastante molesto, al parecer, porque Vila-Matas hubiese acudido a dar la conferencia a la que se había comprometido y a la que él había acudido- le reprochó justamente que en sus libros no dejase de hablar de la desaparición y del autor desaparecido y del autor que desaparece y , sin embargo, a la hora de la verdad,él se dedicase a presentar sus libros y acudir a conferencias como si tuviese todo el tiempo del mundo, como si no tuviese que emplearse por entero en entrenar o inventar (desconozco el término exacto) una desaparición ejemplar, a la vez discreta y sonorísima. Vila-Matas miró al caballero, con la suficiente brevedad y tranquilidad como para sospechar que, en realidad, no era la primera vez que le hacían un reproche parecido. Después se acercó al micrófono y respondió "Es que eso de los libros es literatura. No se la crea demasiado, caballero".
Pienso ahora qe, como en el fondo soy hombre de caracter apacible, me tranquiliza saber que Vila-Matas tiene una respuesta preparada para estos casos. Pienso también que incluso es posible que disponga de un pequeño arsenal de emergencia que, al menos, le facilite, llegado el caso, la huída de los fanáticos de la desaparición. Un arsenal destinado no tanto al uso violento como a crear una cortina de humo que permita la huida del hipócrita escritor cuando se vea acosado por una muchedumbre de fanáticos enfurecidos por su total falta de ausencia física. Pienso ahora también que, si el escritor logra escapar de ellos, los fanáticos de la huida seguramente se sentirán decepcionados, pero, ya se sabe, hay gente que nunca está contenta.

9.1.08

Una entrada críptica. Günter usa internet

Amigos lectores. Siempre os habéis mostrado amables conmigo, y extremadamente generosos en vuestra correspondencia. Después de mi última entrada sois muchos los que me habéis escrito vuestros comentarios. Muy pocos habéis optado por emplear el ordenador –confieso que tampoco es de mi agrado- y la mayoría preferís, igual que yo mismo, valeros de palomas mensajeras o de piedras anónimas arrojadas contra mi ventana. Todos vuestros mensajes son interesantes, y os animo a seguir escribiendo, aunque este último medio de comunicación he de desaconsejarlo por su rudeza, por el gasto que ocasiona y la mala puntería de algunos de mis correspondientes, que han dado en acertar más de una vez con sus epístolas en mi cabeza. Algunas de vuestras cartas las guardo con cariño, y aunque no tengo espacio suficiente para guardarlas todas no hay ni una sola que no vaya a encontrar acomodo junto a mi chimenea.
Entre vuestros comentarios, uno me ha llamado especialmente la atención. Hace sólo dos días se posó sobre el alfeizar de mi ventana una paloma grisácea, con un pequeño mensaje en la pata derecha. Dócilmente, y respondiendo a un gesto mío, dio un pequeño salto y se posó sobre mi dedo índice. Desenrollé el lazo que anudaba el mensaje, entregué la paloma a mi ama de llaves para que premiase con alguna golosina su diligencia y leí el pequeño pedazo de papel. Se trataba de una sola y enigmática línea
“Es usted idiota”- decía.
El contenido del mensaje me impactó. Es evidente, tanto que incluso causa rubor el decirlo, que el autor del envío había querido decir algo más, y aquellas pocas palabras escondían algún mensaje oculto. Mis conocimientos de criptografía no me sirvieron para desentrañar el significado subrepticio. No insistí demasiado en ese sentido, porque desde el principio pensé que se trataría, más que de una clave, de algún acertijo, y que la respuesta no estaba en el mensaje en sí, sino en algún sentido que de él se pudiese deducir. No es el primero de esta clase que mis seguidores me envían -algunos, debo decirlo, con tanta torpeza que han acabado en manos de mis abogados- pero, por alguna razón, este atrajo mi atención. Reflexioné durante toda la tarde, y aún por la noche, mientras intentaba masticar el pollo ridículamente pequeño que me ha servido mi ama de llaves, y por el que ha pagado un precio exorbitante. A altas horas de la madrugada, mientras me estrujaba los sesos a la luz de mi quinqué, se me ocurrió que tal vez estuviese cometiendo un error al despreciar los modernos avances tecnológicos, y quizás la moderna técnica informática podría socorrerme en mi investigación. Encendí mi vetusto ordenador y me conecté a Internet. Ante la pantalla lechosa de un popular buscador, reflexioné. “Idiota” decía el mensaje. Empecé a barajar los términos que, de una forma u otra podía relacionar con la palabra idiota. Barajé similitudes fonéticas; idioma, ilota, diorita (¿i-diorita? merecía la pena pensarlo) similitudes semánticas: imbécil, gilipollas, tontodelculo, tontolava; antítesis: brillante, fascinante, genial, inteligente. Entonces una luz se iluminó en mi cerebro. Inteligente-inteligencia. Tal vez por ahí es por donde me quería llevar mi anónimo remitente. Una paradoja ramplona pero, por lo mismo, fascinante. Reconozco que para el lector externo la conexión puede parecer un embolismo atroz, pero, en ese momento, con la clarividencia y la seguridad que sólo sabrán reconocer los que compartan mi genio, la pregunta se abrió, cierta, temblorosa y radiante como el capullo de una flor de fuego ¿Qué es la inteligencia? ¿Dónde se encuentra? ¿Qué formas adquiere su lenguaje en el mundo de los hombres? Decidido a encomendarme a la sabiduría universal y, por qué no decirlo, popular, tecleé en el buscador las palabras “La verdadera inteligencia está” Y estos resultados obtuve. Según Internet, guiado por el buscador de fondo lechoso y por orden de aparición, he aquí el refugio de la verdadera inteligencia, me remito a las primeras líneas de entrada:
“La verdadera inteligencia está ansiosa por cumplir” (De lo cual podemos concluir, de forma polémica y quizá precipitada, que la verdadera inteligencia es de género masculino)
“La verdadera inteligencia está ansiosa por cumplirla” (Esta se me escapa)
“La verdadera inteligencia está reñida con la afectación y la presunción” (¡Sacre bleu! No podría estar más de acuerdo)
“La verdadera inteligencia está en abrirse” (Personalmente, siembre había considerado que la verdadera inteligencia estaba, precisamente, en mantenerse cerrado. Esta norma se aplica a las personas y los huevos y creo que deberían cumplirla, al menos, todos los que carezcan de una conveniente formación quirúrgica.)
“La verdadera inteligencia está vinculada al bien” (Sin comentarios)
“La verdadera inteligencia está en la razón” (Que viene a ser como decir que el agua de verdad está en el mar)
“La verdadera inteligencia está de nuestro lado” (Eso siempre)
“La verdadera inteligencia está en la gran N” (Inquietante)
“La verdadera inteligencia está en que los pueblos puedan alcanzar una vida mejor y más equitativa” (Inteligencia social, Sancho. Que es la madre de la vaguedad y del trabajo de mañana.)
“La verdadera inteligencia está en la bondad, la verdad y la belleza” (Como muestran con gran énfasis los concursos de belleza)
“La verdadera inteligencia está en saber utilizarlas para ser feliz” (Como muestran con gran énfasis los concursos de belleza)
“La verdadera inteligencia está en la persona que es feliz, no importan las circunstancias que la vida les haya dado” (De lo cual se colige que en Auschwitz sólo murieron gilipuertas y aquellos tipos escuálidos de las fotos con cara de sufrimiento no eran más que un atajo de cretinos.)
“La verdadera inteligencia está bien alejada del reino de las cuatro interacciones” (dicho reino debe estar, poco más o menos, a la altura de la gran N, pero en un paralelo distinto)
“La verdadera inteligencia está en saber sobrevivir” (Esta se puede considerar)
“La verdadera inteligencia está en ella” (Esta puede mover un mundo)
“La verdadera inteligencia está en las manos” (Igual que la cobardía verdadera está muy cerca de los pies)
“La verdadera inteligencia está en poder unirte a los demás” (Los/las demás, se supone)
“La verdadera inteligencia está en conocerse a uno mismo y saber sus posibilidades” (Antes de juzgarla, creo que será honesto puntualizar que esta la he sacado del “Espacio de Maria Angustias” (punto com))
“La verdadera inteligencia está íntimamente relacionada con la principal fuerza que mueve todo el universo” (Esto es, la gran N)
Y para qué seguir amigos. Algunas más me quedan en el tintero, pero temo que con las presentes ya puedo empeñar mi vida en el misterio de la inteligencia, la verdadera inteligencia que nos forma y nos esquiva, la verdadera inteligencia que siempre está con nosotros, pero llega demasiado tarde cuando queremos dar una réplica ingeniosa a los camareros resabiados.